Su carácter proviene directamente de sus botánicos. La genciana y el cardo mariano aportan las notas amargas; el enebro silvestre del monte Falterona, junto con la menta y el tomillo, añade un toque balsámico y fresco. La corteza de limón introduce una nota cítrica y ácida, mientras que el laurel contribuye a la profundidad herbácea y a una persistencia prolongada.
Me gusta pensar en cómo ha cambiado el recorrido de esta receta: en su día nacía en una casa de montaña, fruto del saber familiar; hoy esa misma historia puede guardarse en una botella, continuando su relato a través de los ingredientes que la componen. Incluso el nombre conserva parte de esa dimensión doméstica. «¿Quieres probar mi Sturalavandini?» era la frase con la que se ofrecía este amargo al final de la comida. No un producto que presentar, sino algo propio: mi Sturalavandini, el de mi familia.
Quizás sea precisamente ahí donde esta historia se vuelve interesante. Porque detrás de una botella podemos encontrar una receta, claro, pero también una forma de narrar un territorio. Las plantas recolectadas, las manos que las seleccionan, una familia que custodia una preparación y una montaña que, estación tras estación, sigue ofreciendo sus ingredientes.