Hay recetas que cuentan la historia de un lugar mejor que cualquier mapa. No porque necesiten ingredientes especiales o una elaboración compleja, sino porque nacieron allí, en esas casas, con lo que la naturaleza ofrecía.

En el Apenino tosco-romañolo, tras un día pasado en los bosques o en los campos, era frecuente entre las familias del lugar disfrutar de un amargo; no uno cualquiera, sino ese amargo, el casero, preparado con las hierbas recogidas en los alrededores y custodiado por la familia como una receta propia, ¡porque cada uno tenía el suyo!

Pues sí! Cada familia tenía su propio Sturalavandini, con una receta diferente, transmitida y perfeccionada con el tiempo. Un saber vinculado a la montaña y a sus plantas, recolectadas en los alrededores y transformadas en un amargo de carácter firme. De esta tradición nace la historia del Sturalavandini de Falterona 1654.

Entre las muchas recetas familiares de los Apeninos, se eligió la de la familia Pini de Fossa di Pian del Grado y se llevó a la botella, conservando su carácter fuerte y firme. Y aquí hay un detalle que dice mucho de esta receta: no busca la dulzura para hacer el sabor más fácil. El Sturalavandini se obtiene de una pura infusión de hierbas y bayas silvestres recolectadas a mano en la montaña, sin azúcar añadido, estevia, miel ni otros edulcorantes.

Características

Su carácter proviene directamente de sus botánicos. La genciana y el cardo mariano aportan las notas amargas; el enebro silvestre del monte Falterona, junto con la menta y el tomillo, añade un toque balsámico y fresco. La corteza de limón introduce una nota cítrica y ácida, mientras que el laurel contribuye a la profundidad herbácea y a una persistencia prolongada.

Me gusta pensar en cómo ha cambiado el recorrido de esta receta: en su día nacía en una casa de montaña, fruto del saber familiar; hoy esa misma historia puede guardarse en una botella, continuando su relato a través de los ingredientes que la componen. Incluso el nombre conserva parte de esa dimensión doméstica. «¿Quieres probar mi Sturalavandini?» era la frase con la que se ofrecía este amargo al final de la comida. No un producto que presentar, sino algo propio: mi Sturalavandini, el de mi familia.

Quizás sea precisamente ahí donde esta historia se vuelve interesante. Porque detrás de una botella podemos encontrar una receta, claro, pero también una forma de narrar un territorio. Las plantas recolectadas, las manos que las seleccionan, una familia que custodia una preparación y una montaña que, estación tras estación, sigue ofreciendo sus ingredientes.

Cómo disfrutarlo

El Sturalavandini se puede disfrutar a temperatura ambiente o ligeramente fresco, solo o con un poco de hielo para suavizar su intensidad. Lo importante es beberlo despacio, sin prisa. Dejar que las notas amargas de la genciana y del cardo mariano lleguen primero, para luego descubrir poco a poco la frescura del enebro y de la menta, las notas herbáceas del tomillo y del laurel y ese toque cítrico de la corteza de limón. Es un amargo intenso y persistente, que necesita su tiempo para revelarse.

Algunas recetas no nacen para hacerse famosas, sino para pertenecer a alguien. Y cuando, muchos años después, llegan a nuestras casas, aún pueden conservar algo de esa familia, de esas montañas y de esa forma tan especial de hacer las cosas.