Durante una cena la copa acompaña a la comida. El vino llega junto con los platos, sigue a los bocados, cambia con cada paso. Su espacio en la mesa es casi natural.
Luego algo cambia. La comida ha terminado y la forma de beber también se vuelve más recogida. Ya no hace falta acompañar un plato, ni llenar un momento de la cena. Queda un último gesto, breve y preciso.
Es aquí donde la pequeña medida adquiere un significado. Un licor, un destilado o un amaro no necesitan beberse en cantidad para dejar huella. Al contrario, unos pocos sorbos pueden bastar para detenerse en un aroma, una sensación, una nota aromática que permanece más tiempo que el líquido en la copa.
La pequeña cantidad, en este sentido, no es una renuncia. Es una elección.